9 de març de 2022
Quan veiem la lluita i se'ns accelera el pols
Desde
la atalaya reflexiva de sus 82 años, Gabriel de Araceli nos cuenta que a los 17
se encontraba trabajando como cajista en una imprenta, sin que de la mente se
le hubiera evaporado la idea de contraer matrimonio con Inés en cuanto las
circunstancias económicas les fueran un poco más favorables. Pero un terrible inconveniente
vino a presentarse ante ellos: don Mauro (mezquino comerciante y tío de la
joven), acompañado por su hermana Restituta, presionaron para que la chica les
fuera entregada y viviera con ellos en Madrid. Como es natural, no tarda mucho
nuestro protagonista en instalarse también en la Villa, para lograr rescatarla
de las manos ambiciosas de sus parientes, que únicamente se muestran
interesados en Inés desde que la saben hija ilegítima de una noble dama de rico
patrimonio.
La
llegada a Madrid permite a Gabriel comprobar cómo está de enrarecida la
atmósfera: se habla del exilio de los reyes, de la proclamación de Fernando
VII, de la invasión evidente que Napoleón está perpetrando sobre España y de la
forma en que el poderoso Manuel Godoy está siendo traicionado, incluso por sus
más cercanos amigos (“La ingratitud, el más canalla de todos los vicios”,
cap.IX). No resulta extraño que, con esos ingredientes agitándose, el pueblo
estalle y se levante en armas: a veces con actuaciones execrables (“Era aquélla
la primera vez que veía yo al pueblo haciendo justicia por sí mismo, y desde
entonces lo aborrezco como juez”); pero otras veces dando muestras de un
heroísmo, un orgullo y un valor asombrosos, con centenares de madrileños
enfrentándose con palos, piedras y navajas a las bayonetas y cañones que los
franceses utilizaron de forma avasalladora.
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