7 de març de 2022
"De res val que mil beneits m'aplaudeixin, si jo mateix em menyspreo"
Vuelvo a encontrarme con Gabriel de Araceli, quien a sus dieciséis años, “sin
oficio ni beneficio, sin parientes ni habientes”, se encuentra en Madrid al
servicio de la cómica Pepita González y enamorado de una modistilla llamada
Inés. Por la capital circulan dos rumores sobre los que todo el mundo
manifiesta una opinión: de un lado, el inminente paso de Napoleón Bonaparte por España, camino de Portugal, país que intenta anexionarse; del otro, las
turbulentas relaciones que parecen tener los reyes españoles con el joven
príncipe, rebelde, sumiso o traidor, según las fuentes consultadas. En ese
mundo de poderes avariciosos y de torpes mandatarios insaciables (“Esa gente de
arriba es muy ambiciosa, y hablando mucho del bien del reino, lo que quieren es
mandar”, cap. X), Gabriel se verá envuelto en la sorda rivalidad entre Amarante
y Lesbia, dos nobles que no se recatan a la hora de incurrir en bajezas,
traiciones y celadas, con tal de afianzar su posición y eliminar, incluso
físicamente, a la oponente. Amaranta, con astucia, consigue atraerse la
voluntad de Gabriel, al que promete elevar social e incluso económicamente;
pero cuando el infeliz muchacho deduce lo que de él se espera (que tribute
hacia la dama una inquebrantable fidelidad perruna y que espíe para ella)
abandona su servicio con prontitud, antes de embarrar su honor (“Cierto que
quiero llegar a ser persona de provecho; pero de modo que mis acciones me
enaltezcan ante los demás y al mismo tiempo ante mí, porque de nada vale que
mil tontos me aplaudan, si yo mismo me desprecio”, cap. XIX). Y todo ello a
pesar de que la poderosa dama (la cual “hizo que Goya la retratase desnuda”,
según se nos dice en el cap. XXIII) le podría facilitar la vida.
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